
Con un espejo roto en una esquina recientemente en su cartera, retocaba los últimos detalles. Primero en sus labios haciendo destacar una forma curva y sensual que propia no le era. Luego, los ojos, tener ojos pequeños hacia todo mas complicado; tanto, porque una mirada puede matar, y mas aun, puede dar vida a la sangre; como no iba a ser importante dar sombra y delinear sus ojos, sin parecer prima violinista de la orquesta local, y ni tan poco como para ser imperceptible, solo debe convertirse en un marco de atracción para su mirada.
- Dios, ya no estoy para esto. Dios, ya no estoy para esto. - Era el susurro de la dama tras el espejo del taxista.
Cada vuelta de la rueda, ella dudaba de sus actos y de su vida. El taxista, ya experto en identificación, daba vueltas en su cabeza, ¿quien era ella? Usualmente ya sabría todo de su vida, sus esperanzas, sus sueños y, lo mas relevante, su profesión. Pero no podía apuntarle exactamente.
Ella tiritaba, quizás de nervios, quizás de frío, la noche estaba fría y mucho. Empezó a mirar y contar cada farol por el lado derecho del taxi, haciendo caso omiso a los focos rotos o apagados, su atención solo necesitaba ser distraída. Y de pronto, las medias. No podían estar falta de ningún punto, o si estaban todos, que estuviesen en su lugar dando solo la tonalidad buscada y resaltar lo necesario con el calado que recorría su pierna decorándola, cuidadosamente con un diseño sinuoso para resaltar las curvas desde lo mas alto, y las firmes rectas ya a la base de su pierna, cerca del pie, donde el mismo seria ocultado con un elegante zapato de diseñador, que donde cualquier hombre dijera rojo, no hubiese mujer que no pudiera mirarle con descontento para corregirle: borgoña.
Las medias, las reviso rápidamente y minuciosamente ayudada con el espejo de mano roto de su cartera y de las luces rojizas no siempre presentes de los faroles nocturnos. Al menos eso iba bien, al cabo del recorrido lento por sus extremidades, el único punto corrido estaba donde nadie revisa y ella ya sabia de él.
Tomo aire.
Ella cruzó mirada con el conductor, y este se la sostuvo durante lo que el camino le permitió. Ella no sería capaz de intimidar a nadie en ese minuto, era una muñeca de porcelana rota. Cada duda surgía en su cabeza, atormentandole y alentandole a decirle al taxista que diera una curva en la primera calle que le diera chance. Pero, eso seria hablarle al taxista, que en este minuto era un coloso insondable que regalaba sonrisas condescendientes, consciente finalmente de quien llevaba en su carruaje y a donde, tenia control.
- Dios, ya no estoy para esto. Dios, ya no estoy para esto. - Era el susurro de la dama que ya empezaba a apagarse. Pues, aun con el tiempo, podría reconocer la esquina con su boutique donde alguna vez... No, no era importante su historia, sino que eso significaban tan solo 9 cuadras para llegar a destino, y ya habían cruzado una mientras lo meditaba.
¿ Podría quebrar la voz para decirle al chófer que por favor se detuviera? ¿El chófer le haría caso? ¿No seria el quien la llevase dijera lo que dijera? ¿ Podría negarse y contra su voluntad entregarla a destino? Podría, sin cobrar, solo para disfrutar la situación.
- Dios, ya no estoy para esto. Dios, ya no estoy para esto. - Era el susurro de la dama viendo la plaza representando solo 5 calles de distancia.
Tomo aire.
Y fueron 2 calles.
Y fue una calle.
Y la luz roja.
Bajo la luz roja miró el retrovisor derecho del taxi, lo miró con desesperación, enfocando su rostro marcado por el tiempo y su trabajo. El trabajo de toda una vida y las largas noches en vela. Miró el espejo con enojo, después con odio, y regresó al enojo, pero ese enojo sentimental contra todo, altivo y despreciativo. No era con ella, ya, ella estaba aquí, y si volvía, volvía completa o moriría antes de cruzar la vereda. Si, ya había mundo tras el taxi. Con el taxista viendo al conversión casi se pasaría de donde le habían dicho debía dejarla, quizás solo para huir.
Ella le pago con un billete que sobrepasaba el valor de su viaje por bastante sin dar lugar al taxista a hablar. Abría la puerta con violencia, descuidando un segundo su talante. Bajó un pie dejando ver el diseño, no de su media, sino de su pierna. Termino de bajar, y sin dignarse a mirar a ningún lado, siguió derecho al local que tenia de frente.
- Dios, ya no estoy para esto. Dios, ya no estoy para esto. - Era el pensamiento sempiterno de la mente de ella. Solo que ahora agregaba. - Pero, en esto estoy. -
Sus pasos le siguieron marcados en la acera firme, hasta tocar la puerta del lugar.
1 comentario:
Me encanta el detalle, la descripción certera de lo que vas imaginando, sintiendo al escribir la historia. Haces fácil viajar con ella en el taxi y entenderla... haces con tus palabras sentirla tan humana y frágil... buena pieza! como siempre... mas que un agrado, un placer leerte
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