
En realidad para ella era cosa de tiempo. No era como si fuese algo esperado, o si tuviese publico, sea presente o no. Pero, si era algo de tiempo, iba a ocurrir.
Los pasos acelerados por la escalera que conducía del tercer al segundo piso - una norma bastante ridícula por lo demás -, o también los gritos de confusión, podía ser incluso cosa de observarla comer en el casino del edificio.
Todo rápido, carente de cuidado.
En términos simples la mañana no se diferenciaba del resto en un ápice, el baño, el espejo, el ropero y las decisiones. Tomó el bus como cada día.
Todo era sencillamente usual.
Seamos sinceros, el impacto era usual. La forma en la cual el metal se retorcía en figuras extrañas, y la angustia llenaba el aire, eran cosa de efectos de física mecánica básica y psicología 101.
La sangre empezó con celeridad a gotear, creando un nauseabundo lodo junto a la tierra y el combustible fósil. La gente mas alerta deducía sin dificultad el peligro que dibujaba en el aire.
La ropa desgarrada al viento a través de las ventanas, era señal clara del estado actual de los pasajeros.
La columna de humo bañaba el edificio con animo silente. Creando ese ambiente desgraciado y animo de muerte.
Con ella allí.
Era de esperar. De esperar, con su apuro sempiterno sumado a su atolondrada actitud. Estaba allí.
Todos se apenaron por ella.
Quedo quieta, no se volvió a mover. Con ese día, con ese minuto, se quebró su espíritu y jamas volvió a correr.