La gente casi no se cruzaba en su camino. Simplemente casi no había gente con la cual cruzarse y todos en un animo enfurruñado que le intimidaba al punto de enmudecer las preguntas que morían por extraerse de sus labios. - ¿Como llegar a casa? -
Sabia que serian largas calles bajo la potencia asoladora del calor del cielo, pero decidió emprender la jornada a pie. Podrían pasar miles de cosas, pero la ciudad conservaría la mas pura de sus esencias, las calles; ello facilitó todo, pero, también terminó por derribar su animo mas allá de toda confusión, los letreros desvencijados ya saturaban ese ambiente ajeno y anciano que no terminaban por convencer de lo extraño del hecho.
Eran mas menos unas diez cuadras en sentido de las montañas, una vez caminado eso y con las mismas de frente caminar hacia su derecha unas cuantas mas.
Agotador y sin duda, llegar al portal de su casa tenia que ser un resguardo de esta ciudad, pero ese regreso a casa se enajeno de todo. La puerta estaba abierta, y las hojas de los arboles del patio solo llenaban el suelo entregando nada mas que desolación.
Empujar la puerta descascarada del antaño brillante barniz y entrar a su casa era un desafío a todo, ante todo y por todo ya esperaba ver mas de aquella ajena ciudad inserta en donde su infancia lleno su corazón con recuerdos brillantes y dulces; aun que se impresiono de ver impertérrito todo en ella, como si no hubiese pasado nada, mas que una leve capa de polvo, pero algo no la dejaba de incomodar... el silencio sobre todo... el tono aquel que se asemeja a un pitido casi inaudible...
Dejo sus cosas en la entrada con descuido, y encamino sus pasos hacia el dormitorio de su madre, en el segundo piso, tras la escalera.
viernes, diciembre 30, 2011
lunes, diciembre 19, 2011
De los pasos arrastrados. I.
Y aun tiempo del cual salía por las puertas de la estación una bocanada de humo rozó su cara; el asqueroso hecho realmente le llenaba el corazón de gozo, era todo en ese minuto. Como no serlo, era la muerte de la nostalgia de varios meses, donde se fundían rápidamente en el vacío, la espera, las noches, la pequeña y ajena cama, el cielo inconmensurable, el silencio susurrante que nunca era tal. Estaba en casa.
Sus pasos eran lentos y pesados, los bolsos no tenían piedras pero si libros y ropa, algunos lapices y restos de carboncillo, solo los restos; los zapatos ya gastados buscaron el paradero de la avenida cruzando la pequeña y esquiva calle, casi pasaje, al costado de la estación. Pero, no la encontraba.
Mirando a todos lados, los colores eran diferentes, solo veía los vehículos desvencijados y no los de siempre, incluso los microbuses tenían números diferentes. Tenía claro, que podía siempre preguntar, pero se decidió a caminar con el peso, no solo de la carga, sino del sol sobre la espalda y ese espacio bajo la nuca que no hay ropa que cubra en verano.
El horror llenaba lentamente la piel bajo sus ojos. Los letreros parecían pintados y ajados, la gente era escasa y los tenderos de las tiendas estaban casi en forma organizada limpiándose las manos, todos y cada uno, con paños mirando en lontananza hacia un horizonte que no se podía vislumbrar o identificar. El horror que sacudía el polvo del camino cruzándose con el derramado por una vieja liebre que se detenía ruidosa con la cola tapando el cruce de dos caminos, para dejar subir a una señora llena de paquetes y de la mano de un pequeño, moquillento ante una pataleta recién acabada, mas no olvidada.
Empezaba a temer, sus ojos no le mentían mientras una sensación permeaba sus ideas.
El tiempo era extraño. El viento soplaba. Había traído el desolado consigo.
No había llegado a casa.
Sus pasos eran lentos y pesados, los bolsos no tenían piedras pero si libros y ropa, algunos lapices y restos de carboncillo, solo los restos; los zapatos ya gastados buscaron el paradero de la avenida cruzando la pequeña y esquiva calle, casi pasaje, al costado de la estación. Pero, no la encontraba.
Mirando a todos lados, los colores eran diferentes, solo veía los vehículos desvencijados y no los de siempre, incluso los microbuses tenían números diferentes. Tenía claro, que podía siempre preguntar, pero se decidió a caminar con el peso, no solo de la carga, sino del sol sobre la espalda y ese espacio bajo la nuca que no hay ropa que cubra en verano.
El horror llenaba lentamente la piel bajo sus ojos. Los letreros parecían pintados y ajados, la gente era escasa y los tenderos de las tiendas estaban casi en forma organizada limpiándose las manos, todos y cada uno, con paños mirando en lontananza hacia un horizonte que no se podía vislumbrar o identificar. El horror que sacudía el polvo del camino cruzándose con el derramado por una vieja liebre que se detenía ruidosa con la cola tapando el cruce de dos caminos, para dejar subir a una señora llena de paquetes y de la mano de un pequeño, moquillento ante una pataleta recién acabada, mas no olvidada.
Empezaba a temer, sus ojos no le mentían mientras una sensación permeaba sus ideas.
El tiempo era extraño. El viento soplaba. Había traído el desolado consigo.
No había llegado a casa.
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