lunes, diciembre 19, 2011

De los pasos arrastrados. I.

Y aun tiempo del cual salía por las puertas de la estación una bocanada de humo rozó su cara; el asqueroso hecho realmente le llenaba el corazón de gozo, era todo en ese minuto. Como no serlo, era la muerte de la nostalgia de varios meses, donde se fundían rápidamente en el vacío, la espera, las noches, la pequeña y ajena cama, el cielo inconmensurable, el silencio susurrante que nunca era tal. Estaba en casa.

Sus pasos eran lentos y pesados, los bolsos no tenían piedras pero si libros y ropa, algunos lapices y restos de carboncillo, solo los restos; los zapatos ya gastados buscaron el paradero de la avenida cruzando la pequeña y esquiva calle, casi pasaje, al costado de la estación. Pero, no la encontraba.

Mirando a todos lados, los colores eran diferentes, solo veía los vehículos desvencijados y no los de siempre, incluso los microbuses tenían números diferentes. Tenía claro, que podía siempre preguntar, pero se decidió a caminar con el peso, no solo de la carga, sino del sol sobre la espalda y ese espacio bajo la nuca que no hay ropa que cubra en verano.

El horror llenaba lentamente la piel bajo sus ojos. Los letreros parecían pintados y ajados, la gente era escasa y los tenderos de las tiendas estaban casi en forma organizada limpiándose las manos, todos y cada uno, con paños mirando en lontananza hacia un horizonte que no se podía vislumbrar o identificar. El horror que sacudía el polvo del camino cruzándose con el derramado por una vieja liebre que se detenía ruidosa con la cola tapando el cruce de dos caminos, para dejar subir a una señora llena de paquetes y de la mano de un pequeño, moquillento ante una pataleta recién acabada, mas no olvidada.

Empezaba a temer, sus ojos no le mentían mientras una sensación permeaba sus ideas.

El tiempo era extraño. El viento soplaba. Había traído el desolado consigo.

No había llegado a casa.

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